sábado, 18 de abril de 2015

FORMAS DE LLAMAR A LA REPÚBLICA

Poema leído en la cena republicana celebrada el 17 de abril de 2015 en el restaurante granadino Paco Martín

Gregorio Morales Villena lee el poema "Formas de llamar a la República" dedicado a la cena de confraternización republicana celebrada el 17 de abril de 2015 en el restaurante granadino Paco Martín. Foto: Laura Rodríguez Mejías

Formas de llamar a la República


Por los laboratorios de la República
circulan todas las sangres
menos la sangre azul.
O también la sangre azul
pero por alambiques mestizos,
igualitarios, colectivos.

La República tiene su olor
que no es el perfumado olor de los palacios
sino el agreste de la vida abriéndose camino
a través de la creatividad y la existencia.

La República tiene su león rugiente,
que no es el león mimado,
criado en jaulas,
alimentado con generosidad,
domesticado,
instruido en los rugidos,
sino el león libre de la selva
que lucha por la vida,
el león experimentado
que conoce las luces y las sombras,
que ha probado la sangre
y sabe que todas las sangres son idénticas.

La República no es un hormiguero
con una reina madre imperante,
sino un cielo de mariposas tricolores
que vienen de larvas justamente alimentadas.

La República es una televisión
que no saja los títulos de crédito,
donde todo tiene un nombre
y ese nombre es tan valioso
como el oro de la publicidad.

La República no presume de la ausencia de libros,
razón que lo articula todo
y sin la cual no hay sentido ni experiencia.
La República no alimenta la algarabía de los curanderos,
el ruido estentóreo de brujos y chamananes.

La República es un científico,
una aviadora,
un barrendero,
una directora de cine,
un humanista,
un albañil,
una filósofa.

La República es una biblioteca,
un disco duro,
un ebook,
un discurso de Azaña
un poema de Rafael Guillén,
un libro de Antonina Rodrigo,
una cena en Paco Martín.

La República no está fuera,
está dentro.
La República no hay que aguardarla,
está ya.
La República eres tú
cuando pones las acciones
por encima del apellido,
cuando no le exiges al país
más que a ti mismo,
cuando ves las capacidades
del ser más vil,
cuando no impones peaje para circular por las arterias
y cada cual puede llegar por sus propios pies
al corazón que lo impulsa todo.

Tú eres la República.
Tú ejerces la presidencia de la República.
Tú conduces la República allá a donde vas,
eres los pies, las manos, las palabras de la República.

Somos ciento veinte comensales en Paco Martín,
ciento veinte repúblicas
y, por tanto, una sola República
porque, teniendo todos abiertos los mismos caminos,
las repúblicas confluyen como los afluentes de un río
y conforman un inmenso océano.
Océano que es de ayer, de hoy, de mañana.
Océano de mil nombres, de mil apariencias.
Océano que muchos llamamos «Tercera República».


Gregorio Morales Villena
Cena republicana en el restaurante Paco Martín
Granada, 17 de abril, 2015

miércoles, 15 de abril de 2015

FIRMAR EN BARBECHO

«Podríamos colegir que la infanta firmaba “en barbecho”, pero casi nunca es una coartada para eludir la responsabilidad que corresponda en cada caso»

Firmando "en barbecho" 

Firmar en barbecho 

A pesar de todas las zancadillas que el régimen ha puesto para que, por primera vez en la historia de España, se siente en el banquillo de los acusados un Borbón, el procedimiento judicial ha seguido su curso. Las dificultades del propio caso, así como los impresentables alineamientos del Fiscal y  del Abogado del Estado con la defensa de la Infanta Cristina de Borbón y Grecia, no han amilanado en absoluto la voluntad de un Juez, José Castro, por que se conozca la verdad de robos, prevaricaciones, saqueos de arcas públicas, y enriquecimientos a costa de los impuestos de los ciudadanos, perpetrados por miembros de la Casa Real española.
En la fase final del procedimiento, cuando las partes tienen que presentar escritos que recojan sus peticiones para el juicio, así como los medios de prueba de que intenten valerse, la Infanta no solo se declara inocente, sino que pretende un trato de favor, con la argumentación ya trillada de que firmaba sin saber lo que le ponían delante de sus narices. Como no lo puede negar, por estar sobradamente acreditado, reconoce que era propietaria al 50 % de la sociedad Aizoon, pero niega la mayor, es decir, que no era cooperadora necesaria y que no tenía conocimiento de la trascendencia de lo que le pasaban para estampar su firma. En una nueva vuelta de tuerca a la normativa legal, nos encontramos ante una tesis que, de ser aceptada, echaría por tierra unas cuantas leyes y miles de sentencias de los más altos tribunales de nuestro país. Otra línea argumental de defensa, aunque no la citen, por la corrupción y prevaricación que hubo en aquello, es la llamada doctrina Botín, y que hizo que aquel “patriota”, con su fortuna a buen recaudo fuera de España, se fuera de rositas, porque no había acusación popular, y tanto el Fiscal como el Abogado del Estado, en un ejercicio de cinismo sin precedentes, decidieron no acusar al banquero de delito fiscal; es decir, una vez más, dispararon con “pólvora del Rey”, pues los perjudicados éramos todos los contribuyentes y no fuimos consultados acerca de aquel regalo que la Agencia Tributaria realizó al difunto don Emilio. Nadie ha sido objeto, a pesar de ese precedente, de tal beneficio, antes al contrario, es casi seguro, no solo pagar con creces lo defraudado, con multas e intereses, sino pasar una temporada en Soto del Real o Alhaurín de la Torre por conducta similar.
Otras perlitas de la línea argumental de defensa, y que no tienen desperdicio, son las relativas a la “intensa vida personal, institucional y profesional” de Cristina de Borbón, y donde llegan a citar, en el colmo de la desvergüenza, su pluriempleo entre la Caixa, la Casa Real y sus obligaciones de madre de cuatro hijos. Todo ello, al parecer, le impedía “estar al corriente de múltiples gestiones directamente vinculadas con la economía familiar”.  De igual calado es la de que “tenía conocimientos mínimos de fiscalidad”.  Toda esta literatura, que no tiene consistencia jurídica para librar a nadie de sus responsabilidades, pone también en evidencia las mentiras que la propaganda monárquica ha repetido a lo largo de los años. ¿No quedamos en que tenía un altísimo cargo en la Caixa por su sólida preparación, y que acudía a diario a trabajar?  ¿No nos habían dicho que se ocupaba de sus hijos y de su casa como cualquier española de clase media?
Podríamos colegir, y puede que sea cierto, que la Infanta “firmaba en barbecho”, dicho en términos castizos. Hay una larga tradición en nuestro país al respecto, pero ello casi nunca es una coartada para eludir la responsabilidad que corresponda en cada caso. En la Administración de Justicia, y algo conozco de ello, muchos jueces y secretarios firman todo aquello que los funcionarios les pasan, en la mayoría de los casos sin leer apenas la resolución de que se trate. Esto no ha mejorado con la implantación, en algunos tribunales, de la firma electrónica. Hace como treinta años estalló en Madrid un escándalo de corrupción en el seno de los juzgados de la Plaza de Castilla; precisamente tuvo que ver con la denuncia una jueza, Manuela Carmena, hoy candidata a la alcaldía de Madrid. En realidad lo que ocurrió fue que se aprovechó un caso muy flagrante para sacar a la luz una situación generalizada de mordidas, sobornos, y todo tipo de prácticas corruptas en los juzgados de lo civil de la capital. Tuve algo que ver con el pequeño grupo de personas, entre ellas la citada magistrada, que se organizó para denunciar aquella situación y por ello guardo memoria y documentación del asunto. Recuerdo que la línea argumental de jueces y secretarios fue que firmaban “en barbecho” todo lo que les pasaban sus funcionarios, por la sobrecarga de trabajo y por la relación de confianza que existía. Lo cierto es que estos altos funcionarios consiguieron salir bien del sumario, si bien algo tocados en su prestigio profesional. Hubo uno de aquellos jueces, déspota además con sus subordinados, que un día, tiempo después, firmó sin saber una petición de traslado, de la que no pudo retractarse, pues hubiera quedado muy mal, además de no conseguir la anulación del escrito. 
Hay una inveterada costumbre en esto, madres que firman compromisos de pago de sus hijos, o familiares que firman avales bancarios con sus bienes como garantía. Esposas que firman papeles de sociedades instrumentales de bienes gananciales para pagar menos a Hacienda; esto lo hacen miles y miles de los que claman al cielo por el cumplimiento con Hacienda, como varios ministros, y todos los que en este país tienen para pagarse un asesor fiscal. Lo que nadie argumenta, cuando la Justicia o el Fisco les pillan es que no sabían lo que firmaban, y si lo hacen da igual
En cuanto a la profesión que conoce bien la infanta, la de miembro de la Casa Real española, tiene también a sus espaldas una larga tradición de “firmar en barbecho”. Claro que, cuando el que firma es el titular de la corona, o el regente o la regente, la cosa puede tener consecuencias graves, en particular para los afectados. Pero nadie les ha pedido después responsabilidad por los desafueros, salvo en una ocasión, y que fue durante la Segunda República, con la histórica sentencia que las Cortes Constituyentes aprobaron tras enjuiciar los delitos cometidos por Alfonso XIII.  Se creía entonces, tras el apoyo mayoritario del pueblo español recibido por el régimen del 14 de abril, que quedaban en el rincón de la historia aquellos Borbones, todos firmantes “en barbecho”, de expropiaciones ilegales, de venta de bienes de bienes del Patrimonio Nacional como propios, de leyes injustas, de golpes de Estado militares, de órdenes de represión brutal en las colonias, de sentencias de muerte de republicanos, etc., etc., es decir aquellos Borbones a los que las urnas señalaron el camino hacia el puerto de Cartagena, tras siglos de guerras civiles y latrocinios. Volvieron de la mano de Franco, los seguimos soportando, son los mismos. ¿Hasta cuándo?
Hoy, como ayer, ¡Viva la República!

ISABELO HERREROS

lunes, 6 de abril de 2015

¿POR QUÉ SOY REPUBLICANO?

«Psicológicamente hablando, la Monarquía no es buena para quien la ostenta ni para quien la padece» 

Gregorio Morales Martínez, alcalde repubicano de Alomartes (Granada) y abuelo del autor del artículo 

¿Por qué soy republicano? 

Soy republicano, pero no por odio a la figura real. Tanto Juan Carlos I como Felipe VI tienen las mismas virtudes y debilidades que el resto de nuestros políticos. Si fuera republicano como reacción a sus defectos, ¿cómo debería reaccionar hacia los defectos del resto de la clase política? ¿Pediría por ello la Dictadura? No me mueve ninguna animadversión. Por más que la virtud de nuestros monarcas resplandeciera inmarcesible, yo sería republicano.
Tampoco lo soy porque mi abuelo lo fuera, porque tratase de defender la legalidad republicana y fuese fusilado junto a su primogénito mientras una familia numerosa quedaba en la miseria, en adelante obligada a aparentar adhesión al franquismo para sobrevivir. Si mi abuelo y mis tíos hubieran sido monárquicos, yo sería republicano.
No lo soy tampoco porque los españoles no hayan podido elegir aún entre Monarquía o República, ya que, si hubiera un referéndum y saliese Monarquía, aunque acataría sus resultados, yo seguiría siendo republicano.
No lo soy por romántica añoranza, no padezco de zapaterismo, caracterizado por una nostalgia de sainete, una idealización mítica, naif, del período comprendido entre 1931 y 1939, del que no se me ocultan las luces y las sombras. No es el pasado el que busco, sino el presente. Aunque no hubiera habido II República, yo sería republicano.
Tampoco lo soy porque crea que, en una República, habría leyes mejores o el pueblo estaría necesariamente mejor gobernado. Todos conocemos republicas infaustas, dictatoriales, bananeras, nepotistas, corruptas. Aunque todas las republicas fuesen un desastre, yo seguiría siendo republicano.
¿Por qué soy republicano?
Lo soy porque conozco el poder inmenso de las ideas. Y no hay idea más colosal, más permeable, que un símbolo, es la más efectiva arma que conoce la humanidad. No resulta en consecuencia gratuito el símbolo monárquico, que clausura el acceso de los españoles a la máxima institución del Estado. Es un símbolo que relega el mérito, la igualdad, es un claro mensaje de que la sangre prima sobre el talento y el trabajo.
Soy republicano porque he constatado cómo una Monarquía engendra pequeñas monarquías que a su vez se ramifican en otras pequeñas monarquías, y así ad infinitum, y esto ocurre en la política, en las empresas, en la educación, en la cultura... Los genes, el apellido, el abolengo, se erigen como razón suprema de la Jerarquía, arrinconando las aptitudes, lo que gangrena un país, estanca su movilidad social y grilla el camino hacia la excelencia.
Soy republicano porque, cuando la misma familia se perpetúa en el poder, lo normal es que lo transforme en “cosa nostra” y, así, las buenas prácticas se enrarecen, lo extraordinario se adocena, el pueblo se desdibuja y el Aparato comienza a servir no a la nación, sino a los individuos que la representan.
Soy republicano porque resulta injusto que la jefatura del Estado recaiga siempre en la misma familia, es un privilegio desmedido, y todos los privilegios resultan antidemocráticos. ¿Por qué razón los hijos reales nacen con un estatus que no se han labrado por sí mismos? ¿Cómo pedir entonces a nuestros propios hijos esfuerzo y superación?
Soy republicano por psicología. Conociendo al ser humano, sé que quien nace con un privilegio lo considera natural, algo que le pertenece, que tiene garantizado, y lo que se considera propio es normal que se obvie... Psicológicamente hablando, la Monarquía no es buena ni para quien la ostenta ni para quien la padece; en ambos casos, socava lo que se conoce por “individuación”, el crecimiento hacia uno mismo: a los príncipes y monarcas, los condena a la infatuación; al pueblo, a la minoría de edad.
Soy republicano porque, en tanto que perteneciente al pueblo, quiero asumir mis propios aciertos y errores, quiero hacerme responsable de mis éxitos y fracasos, quiero tener el estímulo de lo bien hecho y el sinsabor de lo mal hecho. Me niego a depositar ambos extremos en manos de papá. Prefiero una República con equivocaciones a una Monarquía con aciertos. ¿Qué persona sensata no optaría por los peligros de la vida, con sus alegrías y tristezas, fruiciones y sinsabores, a ser el eterno hijo protegido y mimado de sus padres? ¡Hay que salir de la jaula dorada! Permanecer en ella conduce a la depresión. Los pueblos amparados, cuya conducción no reside en sus manos, acaban siendo pueblos enfermos, como España lo es hoy. ¡Con errores, sí, pero con salud! Si vamos al precipicio, que vayamos conducidos por nosotros mismos no por pilotos vitalicios.
Soy republicano porque no creo en pirámides con vértices inamovibles, sino en la fuerza dinámica del individuo, en su capacidad creativa, de cambio, de renovación. Siempre hay una persona que encarna lo que un país necesita en un momento determinado, y deseo construir los mecanismos para que esta persona se abra paso con los menores obstáculos posibles. Es hermoso pensar que esa persona puede estar mezclada con nosotros en cualquier sitio, en la escuela, en la fábrica, en el campo, en la Universidad, y no en las lujosas estancias de un palacio.

GREGORIO MORALES VILLENA
Diario IDEAL, martes, 14 de abril, 2015

miércoles, 19 de noviembre de 2014

PUJOL, UN PADRINO CON BARRETINA

«Tengo la convicción de que el actual caso Pujol no se va a solventar con justicia» 

Jordi Pujol haciendo patria
Ilustración especial para 3 colores 3 de Kiko Feria 

Pujol, un padrino con barretina 

A veces, cuando la verdad no es soterrada por pequeños intereses políticos, la realidad tozuda nos muestra en toda su podredumbre a una clase dominante catalana corrupta y tan reaccionaria como la que más, hermanada desde tiempo inmemorial con su homologa castellana, o madrileña. Pero como cada día tiene su afán, de lo que hoy quiero escribir es del origen de la fabulosa fortuna de clan Pujol, cuyo patriarca, Florencio, era conocido en los ambientes del estraperlo de post-guerra como Pujolet, por su escasa estatura.  Dado que nadie, y menos aún la Agencia Tributaria, se ha creído lo de la herencia de papá, vamos a aportar nuestro grano de arena al debate. No he tenido que trabajar mucho para los datos, pues cuanto estalló el escándalo de Banca Catalana, allá por el año 1984, me encargaron en el semanario para el que trabajaba el seguimiento del sumario judicial, cerrado en los años sucesivos con prevaricación, tras un acuerdo de Jordi Pujol con Felipe González, que refrendó un tribunal indigno, estableciéndose a partir de entonces una doctrina de impunidad para delitos similares, eso sí a costa, en aquellos años, de la desgracia de los perjudicados de las  “preferentes catalanas”, y de las arcas públicas españolas, que, como veremos, sufrieron grave quebranto.
Corría el año de gracia de 1984, de la nunca finalizada transición, con Felipe González en la Moncloa y Miguel Boyer en Alcalá 9, cuando estalló el llamado caso Banca Catalana, del que se ha vuelto a hablar en los últimos meses, con más pena que gloria, y con los lamentos de uno de los fiscales obligados entonces a envainarse la acusación, Jiménez Villarejo, tras la vergonzosa actuación del pleno de la Audiencia Territorial de Barcelona, acordando el archivo de las actuaciones.  Los de más edad recordarán como un latrocinio similar o superior al de Bankia fue convertido en “un agravio a Cataluña”, si se atrevía la justicia a investigar y sentar en al banquillo a una banda de delincuentes de cuello blanco, comandados por un botiguer llamado Jordi Pujol, y que debían todo a su parentesco con la corrupta oligarquía franquista.
En los años que van desde la crisis internacional del petróleo de 1973, hasta comienzos de los años ochenta, la economía española estaba muy mal, con reformas aplazadas por el superior interés de la transición a la democracia;  aún no estábamos en Europa, las industrias iban de mal en peor y el Estado, para evitar males mayores, había creado una suerte de hospital para bancos en apuros, es decir, con dinero de todos los españoles, como de costumbre, se evitaron quiebras, se apuntalaron fortunas y unos cuantos banqueros ladrones se fueron de rositas, eso sí, tras dejar en la ruina a unos cuantos miles de pequeños ahorradores, como fue el caso de Banca Catalana.
Pero vamos al origen de aquel escándalo, cuyas consecuencias llegan al presente. La historia empieza con otro nombre: Banco Industrial del Mediterráneo. Este banco había sido fundado a finales de 1972, como “banco industrial de negocios”, con mayoría de socios catalanes, aunque vinculados en algunos casos a la oligarquía mesetaria y franquista. Nos encontramos apellidos como Bufill Bernardes, Renau Manén, Buxeda Nadal, Folch Vázquez, Gaspart, Salvá Miquel, los Negre, familiares de Tomás Garicano Goñi, ministro de la gobernación de 1969 a 1973, y un largo etcétera. Muy pronto experimentó un crecimiento espectacular, que se hizo notar en los círculos económicos, y que puso la mosca detrás de la oreja a algún que otro funcionario del Banco de España. El señuelo de su captación de clientes no era otro que el pago de “extratipos”.  En 1977, a cinco años de su fundación, el banco creció un 70 por 100, y batió el record en la evolución de recursos ajenos dentro de toda la banca española de entonces.
El “líder” de aquel tinglado era Julio Martínez-Fortún Soler, un financiero de dudosa reputación, pero que se movía muy bien en los círculos del poder. Atrajo a los consejos de administración de las sociedades del grupo a personajes como el entonces teniente general Ibañez Freire, Francisco Fernández Ordoñez, ministro primero con UCD y después con el PSOE,  Fernando Liñán, ministro que había sido del gobierno de Carrero Blanco. Fue en plena expansión del banco cuando Julio Fernández-Fortún empezó a llevarse grandes sumas de dinero a Panamá, con la excusa de la fundación allí de un banco, con un capital inicial de 250 millones de pesetas. Durante un tiempo tuvo participación en el negocio Emilio Botín. Todas las operaciones del banco se hacían a través de un holding, PROBIMSA, y que era una sociedad financiera que actuaba como cabecera del grupo de especuladores  que controlaba el banco, en cuyo consejo de administración ya se había sentado el antes citado Francisco Fernández Ordoñez, a la sazón ministro de Hacienda desde el 4 de julio de 1977. Otra de las causas del fulgurante crecimiento del banco se debía a estrechos vínculos con cajas de ahorro, una de ella, la de Zaragoza, Aragón y Rioja, apoyó con inversiones de dudosa rentabilidad las iniciativas empresariales del banco. Lo cierto es que el viejo timo del pago de extratipos o intereses desmesurados pronto iba a reventar.
En junio de 1978 la estrecha relación con las cajas de ahorro dio lugar a una oferta de compra del banco por parte de la Caja de Ahorros de Valencia, pero no se llegó a formalizar, en buena parte por las reticencias que tenía entonces el Banco de España, pues la operación suponía, como ha ocurrido años después, la perdida de los fines fundacionales de estas entidades, creadas para cumplir una determinada  función social, y ayudar a los pequeños negocios, y no para que gentes sin escrúpulos y sin preparación alguna  lleguen a banqueros o a los consejos de administración de las compañías eléctricas.
Todo iba bien, aparentemente viento en popa, pero el Banco de España sabía que no era así, y se habían detectado irregularidades y salidas de capital hacia Panamá, donde estaba instalado el presidente de la entidad, Julio Martínez-Fortún. La apariencia, solo la apariencia,  era de solidez, con unos depósitos de 30.300 millones de pesetas y una red de 38 oficinas, la mayoría en Cataluña. Lo cierto es que la falta de liquidez precipitó los acontecimientos, los gerifaltes granujas del banco, en algunos casos, ya habían puesto pies en polvorosa, con unas cuantas carteras repletas de billetes,  pero aún intentaron que el Banco de la plaza de Cibeles les echase una mano. Fue entonces, cuando la dirección del Banco de España, junto con el Ministerio de Hacienda, cuyo titular era Fernández Ordoñez, a la vez consejero de PROBINSA,  propiciaron la venta a Banca Catalana, por entonces una pequeña banca de provincias, propiedad de los Pujol,  con las marcas muy modestas de Banco de Barcelona, Banco Mercantil de Manresa y Banco de Gerona .
Ya ven los lectores que poco cambian las cosas en España, también en el reciente desastre de Bankia había un Fernández Ordoñez, pero en esta ocasión al frente del Banco de España. La operación se hizo a finales de enero de 1979, por el irrisorio precio de 801.000.- pesetas, sí, amigo, ha leído bien: el equivalente a 4.814,11 euros, es decir, un regalo, a peseta la acción del banco. Además de esto el Banco de España otorgó a Pujol y sus amigos un crédito de más de 6.000 millones de pesetas en condiciones muy ventajosas de interés, prácticamente un regalo. Es decir, desde el gobierno español se dieron todo tipo de facilidades, a costa nuestra como siempre, para que el nacionalismo catalán representado por Pujol se hiciera con un banco mediano en el negocio financiero de nuestro país.
La secuencia del desastre, es decir, cómo una entidad bancaria saneada y en expansión, es arruinada y saqueada por una banda organizada de depredadores y chorizos, puede trasladarse a guión cinematográfico con facilidad, solo que en unos casos los delincuentes portan bandera monárquica española y en otros barretina y señera. Daría para unos cuantos artículos más, con el consiguiente cansancio de los lectores, contar todo lo que ocurrió en Banca Catalana hasta el desastre final, por lo que vamos a las consecuencias del escándalo.  
En la magistral defensa que hizo entonces de Pujol, su abogado, Joan Piqué Vidal, no se negaron los fraudes y las apropiaciones sustanciosas de dinero; lo que negaba el letrado, con más entusiasmo que datos, era que Pujol hubiera metido la mano. Aquel letrado, profesor de Derecho Penal, conocía bien el entramado de Banca Catalana, y también de Renta Catalana,  que citamos por la relación que tuvo esta otra entidad con la caja B de la banca pujolista. El abogado había sido, nada menos, que secretario general de la entidad bancaria, y estuvo a punto de ser obligado a cambiar su situación procesal, y pasar de abogado defensor a testigo o, incluso procesado. Él y otros letrados, también intervinientes en el caso, resulta que habían sido quienes, como “parte contratante” se las habían visto en noviembre de 1982, cuando todo iba a pique, con los accionistas del banco, en junta general. Con una brillante actuación, digna, eso sí, del abogado de don Vito Corleone, Piqué consiguió que los accionistas no acudieran a los tribunales y que optasen por esperar a acuerdos y pactos, “entre buenos catalanes”, para recuperar algo de sus dineros. Lo que son las cosas, resulta que el Joan Piqué de entonces tenía cierto parecido físico con el actor Robert Duvall, aquel que en la pantalla daba vida a Tom Hagen, el abogado de los Corleone en El Padrino.
La aportación que hizo entonces el Estado, para apagar el fuego, fue de 400.000 millones de pesetas, sí, lector, así fue. Si quiere haga usted la traslación a euros, que a mí me da vergüenza. Ya es conocido cómo salió Pujol inmaculado de aquello, tras ser  aclamado por las multitudes, de derechas e izquierdas, cuando desde un balcón de la plaza de Sant Jaume homologó su imputación con un agravio, un ataque a Cataluña. Fue el letrado Piqué el que fraguó todo tipo de pactos entre bambalinas, durante varios años, para que aquel sumario acabase arrumbado en una audiencia, con gran daño para la imagen de la Justicia, tras aquel gran escándalo. 
El citado Joan Piqué, autor de algunas monografías de derecho penal, se creía, como su jefe Pujol, intocable. La actitud de muchos jueces y magistrados, ante este personaje, era la de auténticos lacayos. Era mucho su poderío, pero vino a caer en desgracia hace unos años, como consecuencia de su relación con Pascual Estevill, aquel juez elevado a consejero del Poder Judicial por CIU, y que fue condenado por extorsiones económicas, realizadas mientras se desempeñaba como magistrado-juez en Barcelona. Los dos ilustres juristas dieron con sus huesos en prisión, dada la evidencia de sus sucios negocios.
Como final, y para entender la complejidad de los escándalos financieros en España, y, al menos, explicarnos a nosotros mismos por qué no prosperan las querellas y demandas de justicia, miremos un poco de reojo hacía el pasado, y veremos a las diferentes oligarquías haciendo trampas, para, eso sí, no pisarse entre la manguera entre bomberos, pero a costa de arruinar a los más débiles.
En 1983, ante la situación creada por los desfalcos y latrocinios realizados en el  grupo Banca Catalana, se traspasó la entidad a un consorcio del resto de banqueros españoles. Finalmente el Banco de Vizcaya, ya por entonces con afinidad nacionalista, se hizo con el 89 % de las acciones, así como con el control del Banco Industrial del Mediterráneo y Banco Industrial de Cataluña. En 1984 Pujol era incluido en la querella de la Fiscalía, junto al resto de directivos de aquella banca, creada, nos decían, para “fer país”. Tras la vergüenza de la gran concentración nacionalista en la Plaza de San Jaume, Pujol fue excluido del sumario, si bien se continuó su instrucción respecto de 18 ex consejeros del banco quebrado. Más de 3.000 folios y otros 65.000 en documentos acumulaban las diligencias judiciales. Los cargos de la acusación eran graves: apropiación indebida, falsedad en documento público y mercantil, maquinación para alterar el precio de las cosas y algunos otros hechos también contemplados en el Código Penal vigente entonces. Finalmente, y tras los embarullamientos que fue consiguiendo el equipo de abogados de la defensa, el sumario fue sobreseído en marzo de 1990, con gran daño para la Justicia, perjuicios fabulosos para las arcas públicas y la ruina de muchos ciudadanos. Todo quedó en que hubo una gestión imprudente e incluso desastrosa.
Pero a lo que vamos, a nuestra encrucijada histórica actual, con una confrontación política Gobierno español-Generalitat de Catalunya, institución esta última que representa al Estado en aquella comunidad autónoma; que no se olvide este aserto de Perogrullo para saber de qué estamos  hablando. Y ocurre este grave conflicto mientras que sale a flote, como si se tratase de un viejo barco pirata hundido hace siglos, la podredumbre de un clan mafioso, los Pujol, treinta años después del escándalo Banca Catalana, y que es el origen de todo lo que hoy se está conociendo, según mi modesta opinión. Ni el político más lerdo se puede creer lo de la herencia de don Florencio Pujol, sobre todo después de que la hermana del ex president manifestase su desconocimiento de la existencia de tal legado; es decir, y esto en términos legales: “A confesión de parte, relevo de prueba”.
Esperaba con ingenuidad que la comparecencia del fundador de Convergencia Democrática de Catalunya ante el Parlament aportase algo más de lo que ya conocemos a través de los medios de comunicación. Decepción y pena, por ver como el viejo taimado sigue siendo el gran padrino de su partido y aledaños. Treinta años después las mismas apelaciones al patriotismo, que, como se ha citado por ahí invocando a Samuel Jhonnson, mal traducido por cierto, es el último reducto de los canallas. Léase entre líneas la primera intervención de Pujol y se verá como hay unos cuantos mensajes, unos dirigidos a sus aún subordinados, empezando por Artur Mas, y otros dirigidos a Madrid. Toda una puesta en escena, pero con advertencias en caso de que se siga adelante. Es decir, Pujol podría hablar si quisiese, por ejemplo, de la alianza financiera gestada en Barcelona, allá por 1990, para ayudar al emirato de Kuwait, por entonces invadido por Sadam Hussein; podría hablar también de Grand Tibidabo y de la participación en el holding de Javier de la Rosa y del entonces tesorero del Rey, Manuel Prado, y así un largo etcétera de asuntos y negocios turbios de los que tuvo en su día información privilegiada. 
Tengo la convicción de que el actual caso Pujol, como todo lo que afecta a los poderosos de nuestro país, no se va a solventar con justicia, es decir con castigo para los actos delictivos, reparación a los perjudicados y celeridad en las actuaciones judiciales. Antes bien, asistiremos a un proceso de desgaste del Poder Judicial, que se verá, como es habitual, presionado y con permanente boicot de todas sus actuaciones. También, una vez más, el PP, el PSOE y la Corona, optarán por ayudar,  con impunidad y descrédito de la Justicia, a la oligarquía catalana representada por CIU. En privado se les escuchará decir de nuevo, aquello de que “son unos chorizos, pero los necesitamos para mantener la estabilidad política del Estado”. Después del fiasco de la consulta para la secesión catalana, se escuchará en Madrid que hay que echar una mano a CIU, que hay que tender puentes y recomponer la situación, y, una vez más, entre los asuntos en los que el Estado deberá de ser generoso será cierta manga ancha para la regularización de capitales, así como la aplicación de prescripciones, facilidades en definitiva para que, de nuevo, Pujol y su clan se vayan de rositas.
De aquellos polvos vinieron estos lodos, y también  la célebre “herencia de don Florencio”, oculta durante todos estos años, a buen recaudo, lejos de Cataluña y de la Agencia Tributaria. ¿Se desandará el camino, y se llegará ahora a donde no se quiso llegar  hace treinta años? No tengo por costumbre hacer predicciones, pero me temo lo peor.

ISABELO HERREROS

miércoles, 15 de octubre de 2014

GALDÓS E INGLATERRA

«Galdós vino a ser, como ya indicara Clarín, “un español a la inglesa”» 

Benito Pérez Galdós y Charles Dickens 

Galdós e Inglaterra 

Sabemos que Galdós aprendió de niño la lengua inglesa en el colegio de San Agustín, en Las Palmas. Y este simple aprendizaje, según un historiador de nuestra literatura, Don Ángel Valbuena Prat, fue decisivo y determinó el estilo literario del novelista, con su “forma premiosa y su vulgar habla”.
Disentimos. Nunca hemos visto un inglesismo en una página de Galdós, y, siguiendo al escritor español muerto en el exilio londinense, Esteban Salazar Chapela, creemos que hablar de “premiosidad” refiriéndose al escritor canario, resulta tan extraño como atribuírselo a Lope. Y en cuanto a la “vulgar habla”, nos preguntamos, ¿qué otra habla usaron  Dickens, Balzac y Dostoievski? Obras de tanto tonelaje como las de estos escritores no se han hecho nunca con el cortaplumas de Stevenson ni con el buril de Valle-Inclán.
Pero la realidad es que nuestro Galdós, aprendió de niño la lengua de Shakespeare, hecho que creemos no se percibe en su prosa, pero que le abrió muy pronto la ventana al gran panorama de la literatura, y sobre todo, de la novela inglesa. En ella encontró a su “maestro más amado”, Carlos Dickens, que murió en 1870, fecha en que Galdós publicaba su primera novela, La Fontana de Oro. O sea que Cervantes, Dickens y Balzac fueron la gran trilogía en la que el joven Galdós aprendió a convertirse en el mejor novelista español de los siglos XIX y XX, por no decir de todos los tiempos.
El hispanista Gerald Brenan, en una muy sugestiva historia de la literatura española, o del pueblo español, como él la llama, escribe literalmente: “Si el lector que no conoce español desea tener una idea general de lo que es una novela de Galdós imagine una de las mejores obras de Balzac, añádale el calor y el color y el sentido melodramático de Dickens y agregue el grave tono irónico de Cervantes”. Todo esto está muy bien para ingleses principiantes en nuestra literatura, pero la gran verdad es que todas las novelas de Galdós son muy particularmente suyas, muy españolas y muy de su tiempo.
Pero nos vemos obligados a abandonar tan apasionante tema cual es el de las influencias y las originalidades, y limitarnos a decir que Inglaterra, como nación, estuvo y sigue estando muy presente en la producción galdosiana. Además de su idioma, Galdós conocía muy bien Gran Bretaña, país que visitó con frecuencia. Londres era la ciudad europea (aparte de Madrid, naturalmente), que más gustaba al novelista.
Estas reflexiones vienen motivadas por la aparición, por primera vez en tomo separado, de la narración del viaje que Galdós hizo en 1889, a la casa natal de Shakesperare, en Stratford-on-Avon. Con el título de La casa de Shakespeare, vio la luz en 1906, en un tomo de miscelánea, Memoranda, y allí ha permanecido dormido hasta su actual recuperación. La impresión que le causó debió ser fuerte, pues recuerda ese viaje en sus desmemoriadas memorias. Se trata de unas deliciosas páginas descriptivas del suave paisaje inglés, y de la casa y el museo del autor de Hamlet. “Lo que más atrae mi atención es la carpeta que se dice fue usada por Shakespeare cuando recibió la primera enseñanza en Grammar School, las cartas de Quincey y los originales de los contratos que el poeta celebró con empresas teatrales…”.
Visita después su tumba, y transcribe las inscripciones, tanto en latín como en inglés:

                                       Detente, pasajero, ¿por qué vas tan aprisa?
                                       lee, si puedes, quién es aquel colocado por
                                                                                  (la envidiosa muerte
                                       dentro de este monumento: Shakespeare, con quien
                                       la vívida Naturaleza murió; cuyo nombre adorna esta tumba,
                                       mucho más que el mármol, pues cuando él escribió
                                       supo convertir el arte en mero paje, servidor de su genio:

                                                            OBIT ANNO 1616.- ETATIS 53, DIE 23 AP.

“Desde luego afirmo, escribe Galdós al principio de su viaje, que no hay en Europa sitio alguno de peregrinación que ofrezca mayor interés ni que despierte emociones tan hondas, contribuyendo a ello no sólo la majestad literaria del personaje a cuya memoria se rinde culto, sino también la belleza y poesía incomparable de la localidad”.
Sabemos que Galdós fue solo a visitar la casa y tumba de Shakespeare. Su gran amigo Pepe Alcalá Galiano, nieto del famoso liberal Alcalá Galiano, que también estuvo exiliado en Inglaterra huyendo del furor asesino de Fernando VII, sabemos que no le fue nada fácil llegar hasta tan entrañable rincón inglés.
Pero no solamente nos habla el novelista canario de este lugar de peregrinación. Visita igualmente emocionado el parlamento Inglés, la plaza de Whitehall, donde en un modesto palacio tuvo lugar uno de los acontecimientos más destacados de la historia inglesa: la ejecución del rey Carlos I, el 30 de enero de 1649. Fue víctima de su orgullo y de su desprecio del Parlamento inglés. “Este acontecimiento, escribe Galdós, punto culminante de la historia de Inglaterra, marca una ejemplaridad política que reaparece de tarde en tarde en la conciencia de otros pueblos europeos”. Y termina diciendo  que no quiere hacernos una disquisición prolija sobre el sistema inglés, “que es admirable y debiera ser ejemplo de todo el mundo”.
Momento también emocionante es cuando en la abadía de Westminster, en el llamado Rincón de los poetas, se encuentra con la tumba de su amado maestro Dickens, y en estas breves páginas nos deja una confesión literaria de enorme importancia y trascendencia. “Consideraba yo a Carlos Dickens, escribe, como mi maestro más amado. En mi aprendizaje literario, cuando aún no había salido yo de mi mocedad petulante, apenas devorada La comedia humana, de Balzac, me apliqué con loco afán a la copiosa obra de Dickens. Para un periódico de Madrid traduje el Pickwick, donosa sátira, inspirada, sin duda, en la lectura del Quijote. Dickens la escribió cuando aún era un jovenzuelo y con ella adquirió gran crédito y fama. Depositando la flor de mi adoración sobre esta gloriosa tumba me retiro del panteón de Westminster…” Fue una pena que no le diera tiempo a visitar el museo de Pintura. Serían muy curiosas sus impresiones.
Al comprobar los voluminosos libros donde firman los visitantes, le asombra la ausencia  de nombres españoles. “Creo que soy de los pocos, sino el único español, que ha visitado aquella Jerusalén literaria y no ocultaré que me siento orgulloso de haber rendido este homenaje al altísimo poeta…”.
En un momento determinado vuelve su vista a España, la gran obsesión de Galdós, y se lamenta. “Honor insigne para un país es guardar los restos de sus hombres eminentes. Nuestra incuria nos impide vanagloriarnos de esto. Aunque sabemos que los huesos de Cervantes yacen en las Trinitarias, y en Santiago los de Velázquez, no podemos separarlos de los demás vestigios humanos que contiene la fosa común”.
En fin, tanto en sus novelas como en sus colaboraciones periodísticas hay muestras de su conocimiento y de su pasión por las formas de la vida política inglesa. Bien es verdad que el viejo liberal español siempre ha mirado con simpatía a Francia y sobre todo a Inglaterra, y Galdós perteneció por su ideología, por su sentimentalidad  y por el sentido general de su obra a ese selecto grupo, y en ciertos aspectos vino a ser, como ya indicara Clarín hace muchos años, “un español a la inglesa”.

JOSÉ ESTEBAN
15 de octubre, 2014

domingo, 28 de septiembre de 2014

LOS TRES LADRONCITOS

«Se comprueba que toda la familia consigue estar urdangarinizada» 

Jesús Ortiz, María del Carmen Álvarez y Henar Ortiz, padre, abuela y tía de la reina Letizia 

Los tres ladroncitos 
Cuento de miedo 


El Juzgado de Instrucción número 1 de Cangas de Onís ha abierto
 juicio oral contra Henar Ortiz, Menchu Álvarez del Valle y Jesús
 Ortiz, tía, abuela y padre respectivamente de la Reina Letizia,
 por un presunto delito de insolvencia punible. La acusación
particular pide dos años de prisión. La jueza les requiere una fianza
solidaria de 41.149 euros. El fiscal no ha presentado acusación.

L. A. Vega, La Nueva España, Oviedo, 26 de setiembre 2014


Se comprueba que toda la familia
consigue estar urdangarinizada:
cuando la tita Henar es acusada,
la abuela Menchu todo lo concilia.

También el buen Jesús de gorra auxilia
y en este cuento nadie paga nada,
que tienen la sentencia coronada
porque el fiscal padece borbonfilia.

Menchu, Jesús y Henar, tres complacientes
que estafan con muy pocas pretensiones,
no aciertan a imitar a sus parientes.

Pudiendo delinquir con ambiciones
se conforman con timos excedentes:
necesitan seguir unas lecciones.

No saben ser borbones
para hacer que se colme su codizia
con sólo usar el nombre de Letizia.

ARTURO DEL VILLAR

miércoles, 24 de septiembre de 2014

LOS TRAFICANTES DE RESTOS

«Remover huesos ilustres es un canto a la vanidad de aquellos que felizmente no la necesitan» 

Traslado de los restos del poeta Manuel José Quintana al cementerio de la Almudena el 11 de marzo de 1922, en compañía de los del novelista Ramón Ortega y Frías, el general Evaristo San Miguel y la cantante Constanza Roseville. La Acción, 11-III-1922 

Los traficantes de restos 

De vez en cuando, quizá coincidiendo con la rotación de las estaciones, los traficantes de huesos, o de muertos, o de restos atacan de nuevo. Son una especie que se reproduce entre nosotros con cierta facilidad y se propaga de siglo en siglo, con caracteres coincidentes y con idénticos procedimientos. ¿Cuándo vamos a dar por terminada nuestra conflictiva historia y dar descanso definitivo a nuestros no menos conflictivos muertos? ¿Por qué no les dejamos en paz y en los sitios donde quisieron o se vieron obligados a morir? Pues no. De vez en cuando los irredentos traficantes de restos atacan de nuevo y quieren dar un giro de noventa grados a lo que ha sido nuestra historia y a confundir a sus tranquilos, inocentes y, también a veces, ignorantes paisanos.
La historia viene de lejos. Al, quizá, primer poeta moderno de España, al insigne don Juan Meléndez Valdés, sus restos, junto los de su amigo Goya, fueron los primeros en no gozar una paz definitiva. Muerto en Montpellier y enterrado, quizá por extravagancia, o por ser gran cantor del vino, en una bodega, se le llevó después furtivamente a una iglesia. En 1828, por iniciativa de don Nicasio Gallego y el duque de Frías, se inhuman sus restos en el cementerio de Montpellier y definitivamente, en 1886, fueron llevados a Madrid. Así, el poeta a quien sus compatriotas obligaron a exiliarse, volvió, naturalmente sin su consentimiento, a la patria que en vida le había sido tan hostil y, junto con sus adversarios políticos, descansa en el cementerio de San Isidro y en el panteón de hombres ilustres, donde también reposa Goya muerto como él en Francia.
Caso también sangrante es el del traslado del asimismo poeta Quintana y contra el que arremetió duramente don Manuel Azaña: “No hay duda –escribió-: desenterrar a los muertos es pasión nacional. ¿Qué incentivos secretos tienen para el español los horrores de ultratumba que no se satisface con ponderarlos a solas y ha de ir a escarbar en los cementerios a cada momento? ¿Vocación de sepultureros, realismo abyecto, necrofagia? De todo hay en esta manía. Aquí la hemos denunciado más de una vez”. (Manuel Azaña, “Quintana en la infausta remoción de sus huesos”, La Pluma, marzo de 1922).
En tono irónico, el gobernante republicano avisa a toda persona notoria que se muera a hurtadillas y se entierre con nombre supuesto si quiere reposar en paz; de otro modo irán a cribarle las cenizas cuando menos lo espere. “Nadie está libre. Quien hasta ahora no se ha dejado desenterrar, como Cervantes, incurre en falta. ¡Ah, si el esqueleto del manco apareciese! ¡Qué embriaguez! ¡Cuántas procesiones y carrozas, qué profusión de reliquias, cómo nos revolcaríamos en la fosa abierta, poseídos de furia patriótica sepulcral!”. (Idem).
En 1925 se repatrían los restos de Ganivet a Granada. A su paso por Madrid, la Universidad organiza un homenaje, en el que la sombra de Unamuno, que está exiliado, sobrevolaba en todos los discursos ante la negativa de la Dictadura a que se leyese una carta del escritor. “Deberían no haberte traído”, escribe en segunda persona. Y si bien Unamuno aprovecha para arremeter contra la autoridad, se ve clara su postura contra los traficantes de restos.
Y ahora le ha tocado el turno a don Antonio Machado, exiliado y fallecido en Colliure, en el sur de Francia, contra su voluntad, su tumba, como antes la de Larra, ha sido objeto de peregrinaciones y congresos. Pero, ahora, de repente, los traficantes de restos atacan de nuevo e intentan remover sus huesos, para llevarlos no se sabe dónde.
Pero no importa, lo significativo es removerlo. Y es algo que ya previó Carlos Barral que, en sus memorias, arremetió contra esos futuros traficantes. “Cada vez que se habla de trasladar los huesos republicanos de Machado a cualquiera de esas ciudades donde ejerció su penitencia de profesor miserable, cosa que me parece innecesaria y en cierto modo disparatada en el caso de alguien con tan dispersa patria chica….”.
Por otra parte a estos traficantes de restos les queda aún mucho por hacer, si es cierto, como cantó el poeta Martínez de la Rosa, que

“no hay una tierra en el mundo
sin una tumba española”.

Es, pues, una carrera que, una vez comenzada, no tiene fin. Si se trae a Machado, ¿por qué no repatriar los restos de Max Aub, de Corpus Barga, de Cernuda, de Moreno Villa y tantos otros? ¿Por qué no, lo que ya se ha propuesto alguna vez, del propio Manuel Azaña?
El escritor Juan Goytisolo, en las páginas de opinión de El País, escribió que, cuando se enteró de la propuesta de una diputada argentina de trasladar solemnemente los restos mortales de Borges desde Ginebra, donde falleció, al cementerio bonaerense de La Recoleta, para su eterno reposo junto a los padres de la patria, incluida Evita Perón, se echó a temblar. “¡Otra vez la ceremonia grandiosa, los discursos grandilocuentes, la exposición del féretro en el Congreso de los Diputados, las notas vibrantes del sacrosanto himno nacional!”, escribió. Para el escritor, en el caso de Borges, se trataba de un puro disparate. Borges, como Machado y como Azaña, pertenecen exclusivamente a sus lectores.
Por ello nada más elogioso que las rotundas palabras de Maria Kodama impidiendo que los restos del autor de El Aleph fueran llevados al famoso cementerio en procesiones cívicas y apuntándose los sucesores del general Perón, enemigo personal del escritor, un tanto que no les corresponde.
Goytisolo estima que los hispanos somos muy aficionados a esta exhibición de autobombo que, como vemos, ataca en diferentes tiempos y a gentes de distintas ideologías. Pero nadie puede atribuirse el derecho a su manipulación post mortem, aduciendo grupos, partidos, religión o ideología. Transportar, por ello, sus cadáveres a hombros de militares o paisanos ilustres, o frailes o campesinos, a un templete glorioso o a una tumba anónima, es una apropiación abusiva e indebida.
La última barrabasada fue cometida con los restos del poeta Juan Ramón Jiménez, traído a España y enterrado en Moguer contra la voluntad expresa del poeta y recibidos por los mismos que habían contribuido a su tremendo exilio y cuyo premio Nobel, en 1956, le fue concedido, precisamente contra esos mismos vencedores. “Tenemos que reconocer que es la literatura española exiliada y perseguida a la que se otorga el Premio Nobel, y que es esa literatura la más alta expresión de la espiritualidad española”, escribió Victoria Kent, en su Revista Ibérica.
¿A quién benefician estos traslados?
Remover huesos ilustres nos parece un canto a la vanidad de aquellos que felizmente no la necesitan, y en muchos casos, como en el de Machado no la buscaron y por ello fallecieron donde tuvieron que fallecer y allí, pese a quien pese, deben continuar.
Y aún hay más. En estos días, por si la fiesta y jolgorio fueran poco, el presidente Nicolás Sarkozy se suma al coro internacional de traficantes de restos e inicia una campaña para trasladar los de Albert Camus, glorioso escritor francés. Otra vez la parafernalia, los desfiles, las pompas fúnebres en marcha. Parece ser que tiene razón Juan Goytisolo cuando atribuía a origen francés nuestra afición al traslado de restos ilustres. Pero como en el caso de Borges, sus descendientes parecen no estar por la labor y quieren dar al traste con los sueños de grandeza del presuntuoso presidente francés. Para los hijos de Camus, sería todo un contrasentido tanta pompa y fastos, que contrastan con la manera austera de concebir la vida que tuvo el autor de La peste. También quieren impedir que el presidente de los franceses se beneficie de una memoria que no le corresponde.
En fin. Quiero terminar tal y cómo lo hizo el gran escritor, recordando, y haciendo mías las últimas voluntades del dirigente y pedagogo republicano don Francisco Ferrer Guardia:

“Deseo que en ninguna ocasión próxima o lejana, no por uno ni otro motivo, haya manifestaciones de carácter religioso o político ante mis restos”. Añadía que debemos ocupar el tiempo dedicándonos a los vivos. Por otra parte, en el caso de Antonio Machado, contamos con unos versos premonitorios de Gloria Fuertes, “Tarjeta postal para Antonio Machado”, escritos e incluidos en un volumen de homenaje al gran poeta, Versos para Antonio Machado:

Antonio ¿tú qué piensas / de estos homenajes?
¿Te gustan? ¿Te disgustan? / ¿te dan…  justicia? Habla.

JOSÉ ESTEBAN